Iris de fuego

En la nube de oscuridad que flota en la habitación salpicada de luz quizá por la luna llena, Isaías coloca con cautela al niño de dos años dormido sobre una manta roja, tendida en la cama. Observa el cuerpecito quieto: apenas logra divisarle el rostro, desdibujado, huidizo. Asiente, y recoge del suelo un cuchillo de cocina largo y filoso. Aprieta con fuerza el mango, mira una vez más al niño que ha entrelazado sus deditos sobre el pecho. Y, con los dientes trabados, en un arranque de rabia, hunde tres veces la hoja de acero en el cuerpo de la criatura. Los ojos de Isaías se abren y su cuerpo se sacude como si una descarga eléctrica lo atravesara. Un sudor ralo le corre por la frente y las sienes. Con la respiración entrecortada y el corazón arremetiendo a puñetazos en su pecho, intenta poco a poco apagar la resaca de la pesadilla. Era la tercera vez que soñaba que apuñalaba a su pequeño hermanastro.

Todo empezó después de hablar con Eleuterio Dávila, aquel chamán que vivía a una hora a pie, cerca de la montaña cuya silueta parece un rostro mirando al cielo. Lo había escuchado en su radio a pilas: Eleuterio hablaba como quien recita un discurso de paporreta. Se promocionaba a sí mismo como un verdadero chamán, el único que había pactado con uno de los demonios que abundan en el mundo. Aseguraba saber por qué aquel cerro miraba al cielo. Decía que era amigo de los apus de las montañas y que solía recorrer aquellos parajes convertido en iguana, en halcón, en zorro costeño. Era el único que podía ayudarte con tus problemas: sólo hacía falta tener fe en él y en su mesa pactada con el demonio. Isaías lo había escuchado días después de que Noelia, su enamorada, le prometiera que, si ganaba el primer lugar en el concurso de canto y composición del pueblo, se entregaría a él. Estaban a meses de terminar la secundaria, y él era el único de sus amigos que aún no había tenido sexo.

—Tirar es bien rico —le dijo su amigo Oscar en el recreo mientras achinaba los ojos y se lamía los labios.

—Las jermas gimen como mierda —agregó el gordo Martín—. Yo he tirado con una puta de Las Poncianas y con mi jermita. —Chasqueó la lengua—. Si la Noelia tanto se hace de rogar, viajamos a Las Poncianas y listo. Te sacamos de virgen. Pero Isaías no quería estar con una puta. Quería estar con Noelia. Él siempre pensaba en su piel canela y suavecita, en cómo besaría y exprimiría esos pechos firmes suavemente, en cómo le apretaría con las palmas bien abiertas esas nalgas redondas que ajustaban sus jeans nuevos. Esa era su oportunidad: ganar el concurso con una composición original, y hacerle el amor a Noelia.

Los días pasaban, y no se le ocurría ni un acorde nuevo, ni una letra. En cuanto Noelia le dijo que se le entregaría después del concurso, fue a inscribirse. No cayó en la cuenta de que el concurso se llevaría a cabo en pocos días. Él sabía tocar la guitarra y cantar, pero nunca había compuesto una canción. Y cada vez que intentaba concentrarse, la imagen del cuerpo desnudo de Noelia se apoderaba de su mente. En esos días fue que escuchó a Eleuterio Dávila. Puede ser una opción, se convenció, y el sábado cerca a la media noche, con los gemidos de placer de su madre y su padrastro como ruidos de fondo que venían desde el otro dormitorio, se escapó por la ventana de su cuarto y fue a ver al chamán. El camino bajo sus pies zigzagueaba silencioso. Al lado de la carretera terrosa, el alumbrado público iba disminuyendo. Y las cúbicas casitas de adobe construidas cada cierto tramo, al lado del camino, desaparecieron por completo. A grandes trancos, Isaías se adentró por el algarrobal. Allá arriba, la luna llena, ámbar, parecía haberse detenido sobre la línea que simulaba la boca de aquella montaña que mira al cielo. Al final del bosque, el camino se curvaba entre dos pequeños cerros. Al terminar la curva leyó un letrero al costado de la carretera:

ELEUTERIO DÁVILA — BRUJO PACTADO
15 metros →

Isaías siguió la indicación de la flecha, y se topó con una larga casa de adobe pintada de blanco, techada con calamina. A lo lejos aullaban y ladraban los perros. Más adelante oyó pasos: una pareja de ancianos se acercaba. Le contaron que iban a consultar al chamán para aliviar sus achaques. Junto a los ancianos, Isaías halló una fila de gente que esperaba turno para entrevistarse con el brujo. Él tuvo que aguardar hasta que la luna llena se posó sobre la nariz de la montaña. Al entrar a la habitación, un fuerte olor a ruda y agua florida le golpeó las fosas nasales. El chamán estaba sentado en una gran silla de roble; vestía un poncho marrón y un sombrero de paja. Un tubo fluorescente sobre el marco de la puerta iluminaba el cuarto.

—¡Hola, Isaías! —dijo Eleuterio ni bien la puerta se cerró. Isaías abrió grandes los ojos. Una fugaz náusea le recorrió el pecho. El chamán se puso de pie. ¿Cómo supo mi nombre?, pensó el muchacho.

—No tengas miedo —carraspeó Eleuterio—. En qué te puedo ayudar, amiguito —sonrió y dejó ver una fila de dientes de oro. Sus ojos negros, chiquitos, se concentraron en los ojos del joven.   Isaías bajó la mirada. A un par de metros de él, cerca de los pies del chamán, se alzaba la mentada mesa del brujo: una hilera de pequeñas espadas incrustadas en el barro seco cercaba una manta multicolor. Sobre ella se esparcían piedras y cuarzos de formas extrañas. Algún huaco de guerreros mochicas, como los que había visto en su libro de Historia, aguardaba en silencio. En el centro, una roca del tamaño de una cabeza humana reproducía el rostro de un felino: los ojos almendrados vibraban en un fuego intenso, como si en cualquier instante pudieran cobrar vida.

—Isaías —la voz del chamán se engrosó—. Sé que vienes por un asunto del amor, pero no puedo decir más —y su mirada volvió a cruzarse con la del muchacho.

—¿Por qué? —titubeó.

—Feróc —Eleuterio señaló con la mirada a ambos lados. Isaías advirtió, a los costados de la silla del chamán, dos objetos casi ocultos bajo mantas. Dentro de cristales semejantes a los de las lámparas de kerosén, descansaban mitades de cráneos humanos. En medio de los cristales una gruesa vela ardía, y la llama se retorcía como si respirara un aire envenenado.

—Feróc, mi demonio, necesita que me digas a qué vienes. Es parte del ritual. Ten confianza. Isaías tragó saliva. Intentó mover las piernas, pero no le respondieron.

—Yo… yo… sólo vine a averiguar, usted en la radio dijo que la consulta era gratis.

—Y lo es, pero si no me dices con exactitud a qué has venido, no podré ayudarte. Tanto caminar para venir por las puras. Los ojos avergonzados de Isaías cayeron sobre la punta de sus zapatillas.

—¿A ver? Dime —suavizó la voz el chamán—. ¿Qué pasó? Escucha esto: ¿qué dirá el apu de la montaña que mira al cielo? Dirá que te acobardas. Anímate, cuéntame. Después de un breve silencio, Isaías resopló:

—¿Es verdad que usted sabe por qué esa montaña de allá atrás parece una cara que mira al cielo?

—Así es. Y los espíritus de esas montañas son amigos de Feróc, trabajan para él. Le temen, pero a la vez nos cuidan, y quieren ayudarnos en lo mejor que podamos aquí. Por eso, dime a qué has venido. No te pongas nervioso. Isaías volvió a resoplar, asintió.

—Ah… quisiera… pues… ganar el concurso de composición y canto del pueblo, pero no se me ocurre nada. Y quisiera tener la suerte de componer alguna canción y ganar. Y, también, si gano mi enamora… me va a…

—¿Qué? Isaías sintió su cara arder:

—No, nada —su voz era más firme ahora—. Eso quiero. Quiero ganar el concurso y ya. ¿Me puede ayudar con eso?  El chamán sonrió asintiendo con la cabeza.

—Sí, claro, te puedo ayudar. Te puedo hacer aquí un encanto con la mesa para la inspiración, y un amuleto para que ganes ese concurso. No hay imposibles para Feróc. Isaías ensanchó la sonrisa.

—Serían dos mil quinientos soles por el trabajo. Vendrías aquí en tres noches, te espero a la misma hora. Isaías enmudeció. De dónde sacaría todo ese dinero.

—Si no tienes ese dinero —el chamán pareció leerle la mente—, podrías hacer otras cosas que a Feróc le gusta que le hagan a cambio de su ayuda. Isaías pestañeó.

—¿Cosas? ¿Cómo qué?

—Sacrificios, por ejemplo, con…

—¿De animales?

El chamán sonrió sarcástico.

—No, hijo, sacrificios humanos. Y mientras más inocente sea el humano, mejor… Un bebé, por ejemplo —Eleuterio ladeó la sonrisa, mostrando toda esa hilera de dientes de oro. Isaías clavó la mirada al suelo y se topó con los ojos almendrados de aquel felino petrificado que parecieron arder en un segundo. El muchacho sintió un ligero hincón en el pecho.

—Está bien —desvió la mirada—. Intentaré conseguir el dinero. El chamán endureció el gesto:

—Bueno, no lo olvides, te espero aquí en tres noches. Puedes irte.

La nube de oscuridad sigue flotando en su habitación, es la tercera vez que apuñala a su hermanastro en la pesadilla. “¿Y si lo hago? Ni mi sangre es”, piensa sentado al borde de su cama, intentando calmar su corazón. En la oscuridad oye, esta vez más discretos, los gemidos de placer de su madre y su padrastro, y recuerda que durante el recreo estuvo besándose con Noelía, le había dejado meterle la mano debajo de la falda, pero nada más:

—Ya sabes —le dijo, apartándolo—. Gana el concurso, o no lo haremos. Isaías chasquea la lengua. “Ni mi sangre es ese chibolo” piensa una vez más, mientras los gemidos de placer son un eco constante. “Si la mamá no se hubiera muerto, su viejo no se estuviera tirando a mi mamá ahorita”. La rabia le recorre las sienes. “Noelia, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué me la pones tan difícil?”, susurra y camina de memoria en esa nube negra que es la oscuridad. Abre una puerta y despierta a su hermanastro. Sin llegar a verle la cara, le dice que guarde silencio y, como en un truco de magia, le muestra un chupetín.

—Marlon, ¿quieres? El niño asiente frotándose un ojo, agarra el chupetín.

—Si quieres más, tienes que acompañarme a conseguir un tesoro de caramelos, ¿quieres más caramelos? Vamos, pero shhh, no hagas bulla, ¿ya? Marlon vuelve a asentir y le agarra fuerte la mano. Van a su dormitorio. Isaías abre la ventana, ayuda a salir al niño, lo carga sobre los hombros y apresura el paso. Afuera no hay viento, y la luna tiene un brillo raro, aunque el muchacho no logra verla del todo: se esconde detrás de los edificios del colegio, de una de las torres de la iglesia, de algún cerro chato, de la copa de un algarrobo. Sin darse cuenta, ya está en el bosque, y no siente sobre la espalda el peso del niño dormido. Los chillidos de las lechuzas son intensos, y la nube de oscuridad le enturbia los ojos. Algún aullido retumba a lo lejos. Isaías no reconoce este bosque, que tantas veces ha cruzado. Con la respiración agitada, mira alrededor. Ojos brillosos, almendrados, con líneas de fuego en vez de iris lo observan entre los arbustos. Cric-crac. Algo se escabulle entre las ramas. Cric-crac. Isaías decide continuar sin mirar atrás.

—¡Mierda! —Algo le jala el pie. Isaías cae de rodillas. Recordando al niño, gira la cabeza —. ¿Estás bien, Marlon? El grito del niño apaga los chillidos de las lechuzas. Isaías siente un apretón en el pecho al ver que una serpiente está mordiendo la piernita del niño. El cuerpo del reptil se contrae, y sus escamas dibujan breves destellos, como diminutos ojos almendrados que parpadean con fuego.

—¡Puta madre! —dice entre dientes Isaías, mientras tantea desesperado a su alrededor. Agarra una piedra y golpea el cuerpo del reptil. La serpiente desclava sus colmillos del niño, salta hacia Isaías, pero se pierde en la negrura. Marlon llora más fuerte, reclamando a su mamá. Isaías lo levanta sin esfuerzo mientras ve los pantaloncitos mancharse de sangre. Busca el camino zigzagueante, que ha desaparecido.

—No, no puede ser —susurra aterrado, intentando orientarse, mientras el niño en sus brazos no deja de llorar. El llanto de la criatura. El chillido de las lechuzas. Cric-crac. Los aullidos cercanos: se aturde. El cric-crac le latiguea en los oídos, y el miedo en las entrañas le estalla y lo empuja a correr. En un par de zancadas sale del bosque. Respira profundo. Marlon sigue llorando. Isaías advierte el camino que se curva entre dos cerros pequeños.

—Ojalá me quiera ayudar el chamán, alguien de ahí tiene que hacerlo.   Aprieta levemente al niño contra su pecho y corre, abriendo mucho más las piernas, hacia aquella curva. Pasa el letrero:

ELEUTERIO DÁVILA — BRUJO PACTADO
→ 15 metros

Sonríe al ver la casa pintada de blanco. Pisa una piedra, tropieza y se dobla el pie. Marlon rueda hacia adelante, y su llanto se intensifica. Con la barbilla aún tocando el suelo terroso, Isaías oye un fuerte aullido, levanta la mirada y ve a un perro lobo corpulento y negro correr hacia la criatura. Cierra los ojos: no quiere ver lo que el perro le hará a Marlon.

—No, no —murmura—. Ayuda —y su garganta seca ahoga el pedido. En un eco lejano oye gritar a alguien. Ve al perro lobo brincar sobre su hermanastro, sin tocarlo, y perderse en la oscuridad, dejando unas huellas humeantes en la tierra. A lo lejos ve una silueta pequeña flameando suavemente al lado de su hermanastro. Intenta levantarse, pero el pie doblado todavía le duele. Se arrastra hacia Marlon que, de un momento a otro, ha parado de llorar. A medida que Isaías se acerca, la silueta se define frente a sus ojos. Es una anciana delgada y baja. Su piel es del color de la montaña, y sus cabellos canos, como raíces de árbol, se extienden hasta las rodillas.

—Seño… Señora, ayuda —termina de acercarse Isaías.

—¿A dónde llevas a esta wawa? —En cuclillas, la anciana le soba la pierna a la criatura. Agitado, Isaías quiere responder rápido, pero no lo consigue. La cara de la anciana parece opacarse detrás de un vidrio, la luz ámbar de la luna brilla intensamente atrás de ella.

—Lo llevo a que lo cure… auch… el chamán.

—¿El chamán?

—Sí, Eleuterio Dávila, vive por allá —señala con el brazo lleno de raspaduras. Con una voz firme y seca, la anciana responde:

—Eleuterio Dávila está muerto.

—¿Qué? No puede ser, si yo… La anciana levanta aún más la voz:

—El chamán está muerto. Yo lo maté, y está tan muerto como este niño que has traído aquí a sacrificar, Isaías. Los ojos de Isaías se abren como si algo invisible le hubiera golpeado la boca del estómago.

—¿Qué? —titubea con la respiración cada vez más agitada—. ¿Cómo sabe que yo…? —Un frío temblor le electrifica las piernas.   

—Eres una mala persona, Isaías —grita la anciana, y el muchacho no puede evitar verle los ojos fieros, ojos marrones envueltos en un halo de luz como la luz que envuelve la luna llena.  

—¡El chamán está muerto! —Ahora la voz de la anciana explota en sus oídos. Isaías ve la piel de ella resquebrajarse como si debajo latiera algo vivo a punto de nacer. Poco a poco, se va expandiendo una forma monstruosa, parecida al perro lobo que vio un momento atrás. Isaías intenta moverse, pero no puede dejar de temblar. Resbala y cae de rodillas. Algunas gotas de sangre manchan sus manos, que vacilan sobre el suelo terroso. Siente el hirsuto pelaje de la bestia tocándolo. Quiere levantar la mirada, pero el espeso y caliente aliento respirándole en el cuello lo intimida. Junto a él estalla un rugido, un rugido que parece salir de las montañas mismas y volver a ellas. Oye a lo lejos:

—Nunca se juega con los demonios, wawa de mierda.

Los ojos de Isaías se abrieron y su cuerpo se sacudió como si otra descarga eléctrica lo atravesara. Los rayos del sol inundaban su habitación.

—Oye, Isaías, levántate —la voz de su mamá lo llamaba al otro lado de la puerta—. Te vas a hacer tarde para ir al colegio. La respiración agitada se le fue aquietando. Han sido dos pesadillas diferentes, se convenció. Bajó de la cama y sintió un dolor en el tobillo. Recordó la pesadilla. No es nada, quizá me doblé el pie al moverme en la cama, pensó, sacudiendo la cabeza para ahuyentar esos malos sueños. Mientras se alistaba para ir a clase, los brazos le ardían como si tuviera raspaduras en ellos. Tomó desayuno y, antes de salir de casa, oyó a su madre preguntarse por su hermanastro: el niño aún no se levantaba.

En la puerta del colegio saludó a su amigo Oscar y al gordo Martín. Ellos le dieron la noticia que se murmuraba ya en todas partes esa mañana: alguien denunció a la policía que habían encontrado muerto al chamán, a ese tal Eleuterio Dávila que hace unos meses había venido a vivir cerca del pueblo. Isaías enmudeció, pero sus amigos no lo notaron.

—Mi abuelita —dijo Oscar— cuenta que el apu de la montaña que mira al cielo cuida al pueblo, y que ese tal Eleuterio quizá se ha querido meter con gente de buen corazón y le ha ido mal. Isaías tragó saliva.

El gordo Martín asintió:

—Mis abuelos dicen lo mismo también. Todo el día Isaías se mantuvo callado. No comió lo que le habían enviado para el recreo, ni fue con Noelia atrás de los salones de quinto de secundaria, a besarse apasionadamente.

Llegó a casa, y encontró a su madre preocupada por Marlon:

—Le duele mucho la pierna y cojea el pobrecito —le explicó su mamá—. Pero no se le ve nada en la pierna. ¿Qué habrá pasado? Ahorita se ha quedado seco dormido. Mañana su papá lo va a llevar al doctor, dice. Un frío punzante le atravesó las sienes a Isaías.

—¿Y tú qué tienes? —dijo su mamá viéndolo fijamente—.  ¿Por qué te has puesto pálido? Isaías se dio media vuelta sin decir nada y se encerró en su cuarto. No almorzó: le dolía la cabeza. Lloró toda la tarde, hasta quedarse dormido. Al caer la noche, bostezando y frotándose los ojos, sacó su guitarra del estuche y empezó a tocar canciones que ya sabía de memoria, para distraerse de las preguntas que le hervían en la cabeza. ¿La pesadilla había sido real? ¿El apu de la montaña los había protegido a él y a su hermanastro? Si solo había sido una pesadilla, ¿por qué su hermanastro estaba mal, y a él aún le dolían el tobillo y el brazo? Poco a poco la guitarra diluyó el hechizo de aquellas preguntas. Isaías siguió tocando hasta el amanecer: había compuesto una canción, con letra y acordes originales, sobre lo que sentía en ese momento. Se quedó pensativo, mirando la ventana cerrada que da a la calle. ¿Ya ves?, pensó, no necesitabas sacrificar a nadie para componer una canción… Bueno, quizá solo necesité algo de inspiración, y un buen susto. Luego sonrió y respiró aliviado. Unas horas después, la luz del sol encontraba a Isaías de pie en el umbral de su habitación. Desde ahí vio cómo su hermanastro salía de la casa en los brazos de su padre, quejándose de dolor. Isaías se entercó con su mamá: no iría al colegio, porque seguía sintiéndose mal. Dio un paso atrás y cerró la puerta con la agitación del miedo aprisionándole el pecho. Al rato, más calmado, desayunó y empezó a pulir su canción.

En los días siguientes poco a poco se fue olvidando de las pesadillas. Aunque volvían cuando el tobillo le molestaba o cuando su hermanastro despertaba a mitad de la noche gritando de dolor. El rostro de espanto del niño se le atrincheró en la memoria como un bicho de acero envuelto en llamas. Nadie sabía exactamente qué le pasaba; en un par de días lo llevarían a Chiclayo a hacerle exámenes más rigurosos. Ya en el colegio, últimamente Isaías había dejado plantada a Noelia en los recreos por quedarse a pensar en qué acorde o letra de la canción debía mejorar. Así estuvo practicando todas las tardes. A veces, su hermanastro cuando se sentía bien era su único público. Veía a Isaías con ojitos brillantes de admiración, hasta que una mueca de dolor trepaba en su rostro y se sobaba la piernecita. En esos momentos, el bicho de acero envuelto en llamas parecía recorrerle todo el cuerpo a Isaías.

—Si gano, te compraré un helado, ¿está bien? —le ofreció una noche antes del concurso, con la respiración agitada. El niño asintió, conteniendo el llanto, y se fue cojeando a su dormitorio.

El día del concurso llegó. Isaías ganó por unanimidad a la mejor canción original del año. Entre la gente que lo felicitó estaba Noelia, que le susurró en la oreja lo que habían acordado antes en el colegio. Forzando una sonrisa, Isaías asintió y fue con su familia a almorzar a un restaurante cerca de la plaza. Al salir, caminando al frente del edificio municipal le compró el helado que le había prometido a su hermanastro, que esta vez cojeaba sin quejarse del dolor. Isaías tragó saliva y le preguntó al papá del niño:

—Señor, ¿y siempre llevará a Marlon al hospital el lunes?

—Sí. Lo llevaré a una clínica particular. En el seguro lo atenderían el próximo año. Isaías desvió la mirada hacia la acera con grietas y asintió en silencio.

Los últimos rayos de sol terminaban de ocultarse cuando Isaías vio a Noelia sentada en una de las bancas de la plaza principal, frente a la iglesia. Corrió hacia él y lo llenó de besitos en toda la cara. Y sin decir más, entre risas coquetas, lo agarró de la mano y casi jalándolo caminaron hasta su casa. Lo hizo trepar por su ventana: la habitación de ella quedaba en un segundo piso.

—Lo prometido es deuda, mi campeón —le susurró dulcemente al oído, recién bañada y perfumada—. Mi ganador. Abrió el cierre del jean de Isaías y, mientras le besaba el cuello, fue metiendo la mano lentamente debajo de sus calzoncillos. Sus labios se iban acelerando cada vez más hasta que Isaías chasqueó la lengua y la apartó despacio hacia un lado.

—¿Qué te pasa? —dijo ella. En silencio, Isaías sostuvo la mirada sorprendida de Noelia.

—¿Qué pasó? ¿Ah? Dime.

—¿Por qué tenía que ganar el concurso para que recién pasara esto? —le contestó en voz baja pero firme—. Yo me muero por ti, Noelia. Fíjate en Óscar o el gordo Martín con sus flacas: ellas nunca les pidieron nada a cambio para hacer el amor. ¿Y por qué tú sí a mí? ¿Por qué tuviste que hacerme hacer esto? —y el bicho de acero con la expresión de dolor de Marlon se le atravesó en la memoria. Noelia frunció el ceño.

—Porque seguro las flacas de tus amiguitos son unas fáciles, pues. Yo no.

—O porque quizá sintieron la necesidad de quererse sin pedir nada a cambio —le respondió de inmediato—. Solo por amor y ya.

Ella chasqueó la lengua y se cruzó de brazos:

—Qué sonso que eres. Isaías bajó la mirada un instante, pero no para dudar, sino para confirmar lo que ya había decidido hacía un par de días, cuando las sombras de sus sueños le enseñaron hasta dónde podía llegar la desesperación. Ya no quería mendigar amor con condiciones. Algo en él había cambiado para siempre.

—Yo ya no sé si quiero hacerlo contigo —dijo finalmente, mientras se cerraba el jean. Noelia se quedó mirándolo, enrojecida de cólera. Isaías bajó sin esfuerzo por donde había subido, con una calma extraña en el pecho. Cuando regresó a casa, seguro de sí por la decisión que había tomado, ya era de noche.

Poco a poco esa sensación de victoria se convirtió en un gélido cuchillo raspándole las sienes hasta la entrepierna al ver encendidas las luces rojas y azules de un patrullero estacionado en la puerta de su casa. Aceleró el paso y, entre los curiosos que rodeaban el frontis, vio a su madre consolar a su padrastro que lloraba sentado con la espalda apoyada en la pared.     Acercándose vacilante, Isaías preguntó:

—Qué pasó.

—Ay, hijito —al parecer una vecina lo había escuchado—. Tu hermanito, hijito —sollozó sin lágrimas—. Tu hermanito está muerto. Quiso agarrar algo de la cocina y se le clavó uno de los cuchillos en la cabeza. Isaías se paralizó unos segundos: como arañazos de una bestia infernal, aquella noticia ahora parecía abrirle el pecho y el estómago. Dio un par de pasos hacia atrás, y su mirada se encontró con la ventana abierta de su habitación que da a la calle. En esa nube negra de oscuridad que flotaba ahí dentro vio asomarse dos ojos brillosos, almendrados, con líneas de fuego en vez de iris.

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