José terminó de leer, puso sobre la mesa el periódico. Con un lapicero encerró en un círculo aquel aviso y se recostó sobre la silla. Cerró los ojos.
—Puede ser —susurró e intentó ordenar sus pensamientos—. Puede ser —dijo una vez más, y su mirada se desvió al único portarretratos que descansaba en su mesita de noche. Caminó hacia ella y levantó el portarretratos. Sonrió: en la foto enmarcada aparecían felices, posando delante de la fachada de una casa celeste, sus padres y sus tres hermanos menores, que vivían en Jayanca, aquel pueblito suyo en el norte del Perú. Una casa que habían construido con lo que él ganó en los últimos años gracias al gobierno de Ronald Reagan.
—Ya pronto nos veremos —dijo mirando la sonriente foto, y la regresó a su sitio.
Volvió a la sala de estar, se acomodó en la silla frente al periódico y una vez más leyó el aviso que había resaltado:
Gardener Wanted
Part Time
$8.00 per hour
Call: 213-456-0853
Job Reference Number: 0316
SE HABLA ESPANOL
Llevó el aviso hasta su teléfono y discó el número. Aunque ya había aprendido bien el inglés, le gustaba trabajar en lugares donde se hablara español, le daba más confianza. La representante de la agencia de empleos le dictó los detalles del lugar y hora para la entrevista.
Feliz por la expectativa del nuevo trabajo, esa noche, como todas las noches antes de acostarse, José besó la foto de su familia en Jayanca, y deseó verlos pronto.
Al día siguiente, en su Corolla, condujo hacia una zona exclusiva de la ciudad. Estacionó y caminó. En lugar de jardín, la mansión estaba rodeada por piedrecitas cortadas de donde salían algunos cactus; el camino hacia la puerta principal era una serpiente de tierra seca, y la entrada hacia las cocheras era de un asfalto reluciente. Qué raro, pensó. ¿Qué jardín habrá que cuidar? Tocó el timbre, mientras daba un vistazo al frontis de la casa. Se distrajo viendo el Mercedes-Benz 560 SEL, el Porsche 911 Turbo y el Lamborghini Countach aparcados afuera de la cochera.
—Yes, how can I help you?
Él se sobresaltó: ni siquiera había escuchado cuando abrieron la puerta.
—Sí —dijo aclarando su garganta frente al gringo cincuentón que le había aparecido al frente como un fantasma—. Mi nombre es José Esquen. Vengo por el puesto de jardinero. Me dijeron que venga aquí, a esta hora.
El gringo lo observaba extrañado.
—Do you speak Spanish, sir?
—Oh! —exclamó el gringo, con una risotada —Sí, amigou. I’m sorry, lo había olvidaro. Tengo que tomar mis pastillas para el recuerdou. Pásele, por favor.
El gringo lo hizo ingresar en una sala pequeña.
—Vuelvo, amigou —le señaló un sofá café—. Llamaré a mi esposa —dio otra risotada y salió sin prisa.
Unos segundos después, el gringo volvió con su esposa: una rubia cincuentona, de nariz respingada y ojos de un verde penetrante. Se presentaron de inmediato. La pareja de esposos se sentó al frente de José.
—Entonces —habló Mrs. Getty con dulzura, en un español más claro que el de su esposo—, ¿usted tiene mucha experiencia como para resucitar mi jardín?
“¿Resucitar?”, pensó José, sonriendo irónico.
—Sí —dijo—. Desde que llegué aquí, he trabajado en jardinería con un grupo de mexicanos que me enseñaron de todo con respecto a plantas y flores.
—Muy bien —sonrió Mrs. Getty—. ¿Qué haría usted para cuidarlo? Hoy en la mañana vinieron dos personas y no me convencieron.
Mr. Getty lanzó una vez más su risotada:
—Es que eres uno mujer exigente —dijo.
José sonrió en complicidad con el señor de la casa.
—Bueno, querido —dijo Mrs. Getty riendo tímidamente—. Muchos jardineros no saben mucho, o se van rápido a otros lugares más cerca a trabajar. Se olvidan de que la paga aquí es buena también, como le pasó a nuestro último jardinero. Yo pienso que fue muy ingrato por irse así —suspiró profundamente, con una mueca de decepción.
De inmediato, los ojos negros de José se encontraron con los verdes de la señora.
—Me gustaría que vea mi jardín, quiero saber su opinión.
José asintió.
—Síganos, por favor.
José los acompañó en silencio. Salieron hacia atrás de la casa. El pequeño jardín se encontraba casi en los límites del terreno. Estaba rodeado por arbustos enormes que formaban un rectángulo perfecto, y para acceder a él había una reja negra que se abría de par en par, sin candado.
—Pásese, señor —dijo la mujer con la voz entrecortada—, y vea qué puede hacer. A mí me da mucha tristeza ver mi jardín así, sin vida.
—No recuerda muy bien —se aclaró la garganta el señor Getty—. Pero los católicos dijeran: solo la presencia tuya bastará para que el jardín sane. Así que pueda pasar.
José asintió con la sonrisa a medias, entendiendo que Mr. Getty intentaba bromear para levantarle el ánimo a su esposa.
Atravesó la reja: verdaderamente se veía un jardín muy apagado. Habían sembrado flores y plantas muy raras allí, en caminos que formaban un laberinto vegetal. A cada paso que José daba, sentía que el crujir de las hojas bajo sus pies tenía un ritmo, un pulso. Le sorprendió no encontrar insectos de ninguna clase. Fue adentrándose de a poco, absorbido por ese descolorido jardín, pensando qué hacer para vivificarlo. De vez en cuando tocaba una que otra planta, cuyas ramas arqueadas como brazos vencidos se extendían en un silencioso ruego de ayuda.
Caminó lento, observando lado a lado cada surco. Entre las raíces de los arbustos que le llegaban a la cintura vio tirados algunos guantes de jardinería junto a tijeras de podar y navajas injertadoras; deshierbadoras, rastrillos y palas parecían esconderse entre los arbustos. Bueno, al menos no tengo que conseguir herramientas, se alegró.
Al salir, explicó con determinación lo que haría, mientras los esposos escuchaban sin parpadear.
—Además —José se aclaró la garganta—, me interesa mucho este empleo de medio tiempo: trabajo por las mañanas en un grocery store y vendría aquí por las tardes. Es que regresaré para Navidad a mi país, y quiero ganar todo el dinero que sea posible.
—¿De dónde es usted? —dijo Mrs. Getty con su voz dulce.
—Perú.
—Oh! That’s a nice country —dijo Mrs. Getty—. En mi jardín encontrará también algunas flores de su país. Tengo plantas de todos los lugares del mundo, sin duda.
—Oh, yeah —afirmó Mr. Getty, orgulloso—. That’s right.
—Bueno —dijo Mrs. Getty—. Lo que me ha explicado sobre su forma de trabajar sí me ha convencido. No me convence que se vaya en algunos meses a su país, pero lo ayudaré —e iluminó el día con su sonrisa—. Puede empezar mañana mismo. Le pagaremos en cash después de que termine de trabajar cada día. ¿Alguna pregunta?
Sonriente, José asintió.
—No, ninguna… Bueno, sí: ¿dónde aprendieron a hablar el español?
—En México —contestó rápidamente el gringo—. En un pueblito mágico. Vivimos mucho tiempo para allá por los negocious.
—Entiendo.
A la tarde siguiente, llegó José Esquen a la mansión de los esposos Getty para trabajar. Por órdenes de sus jefes, entró directamente al jardín. Empezó limpiando y podando las flores, árboles y plantas que nacían en medio de la tierra seca de los hondos surcos, aún perfectamente delineados. Luego combinó fertilizantes orgánicos y los echó sobre la hierba mortecina que trepaba por el borde de los surcos, hierba que crujía como si gimiera de dolor cada vez que la pisaba. Las flores ensortijadas entre árboles con frutos en forma de nube y las hojas donde se dibujaban pequeñas líneas como delgadas venas esperaban pacientes el agua de la manguera que dirigía José. Cada vez que regaba el jardín, brotaba un olor como el de un bosque después de la lluvia, pero sin su frescura: un olor agrio y rancio.
Cobró su primer día de trabajo y se fue a su casa entusiasmado. Antes de dormir, agarró la foto de su familia en Jayanca.
—Pronto nos veremos…, en Navidad —dijo, contemplando los ojos alados de su madre, como los del mítico Naylamp, y besó la foto.
Esa noche soñó que trabajaba en el jardín. Las hojas caían suavemente de sus manos, y a cada paso que daba parecía que se borraban sus huellas, difuminando el camino atrás.
Al día siguiente, llegó tarde a la grocery store: le fue difícil recordar dónde había dejado las llaves del Corolla. Por la tarde repitió su trabajo en el jardín. Ya en la noche, al besar la foto de su familia, sintió un ligero y tibio cosquilleo en la cara, y una curiosa imagen le vino a la mente: un pétalo celeste sobre un fondo negro.
Poco a poco, en el jardín de los Getty, algunos pétalos recobraban sus colores fosforescentes, tan intensos que José los recordaba con facilidad aun sin estar frente a las plantas. Lo mismo le sucedía con las formas que se iban dibujando sobre las hojas blancas de los arbustos: formas de ojos humanos, ojos alados. Ojos que había amado toda su vida.
Así pasaron tres o cuatro días. José se emocionaba al descubrir el nacimiento de un fruto —frutos con forma de nubes anaranjadas y negras—. Tenía tan presente al jardín que, aun en su casa o en el grocery store, necesitaba volver: extrañaba trabajar como jardinero, sin duda. Incluso el casero de su departamento lo vio tan entusiasmado que le recordó, entre bromas, que el pago del alquiler se había vencido.
A los diez días de trabajar para los Getty, José había olvidado ir a su trabajo de la mañana.
Una tarde, ni siquiera se dio cuenta de cómo había llegado a la mansión. Ingresó al jardín y empezó a trabajar una vez más, en silencio. Las flores relucían intensamente. Descubrió que habían nacido nuevos frutos, ahora con forma de letras: J, E, N, A. Le hizo gracia que algunas flores color celeste habían crecido más y, al rozarse, delineaban algo parecido a una casa.
Sonó la alarma de su reloj pulsera: eran las seis. José quedó un rato viendo la hora y se puso de pie pestañeando, como si recién despertara. Caminó mecánicamente hacia la cocina de los… de sus patrones: los encontraría allí, como de costumbre.
—Señores, tienen que ver esto —dijo, ni bien entró a la cocina—: el jardín está muy vivo hoy.
Los esposos celebraron la noticia y, antes de salir a ver su jardín, tomaron sus vitaminas, “por si acaso se nos olvide later”.
Entraron presurosos, dejando atrás a José.
—Es usted un genio —le dijo la señora gringa, con lágrimas en los ojos.
—Te dije, querida —habló emocionado el gringo—. Los migrantes latinos son buenos para estas cosas.
Y rieron. Entre las carcajadas, José escuchó a la señora:
—Now tell him to fuck off.
¿Me está largando?, pensó José. Quiso reclamarle, pero un violento y fugaz hincón en medio del tórax lo detuvo. De golpe, se sintió cansado y se fue sin decir nada.
Condujo por las calles que le parecieron familiares, porque se dio cuenta de que no se acordaba a dónde iba. Al fin estacionó frente a la fachada de un liquor store cuyo cartel le resultó vagamente conocido. Bajó. Apoyando su espalda sobre el auto, somnoliento, recorría el parking con la mirada inquieta.
—¿José?
José giró el cuerpo. Un hombre alto con una lata de Pepsi en la mano le hablaba desde la puerta del liquor store.
—¿Me conoces? —dijo José, al ver que el hombre se le acercaba.
—Soy Marcos, tu casero. —El otro parecía extrañado—. ¿Te sientes bien?
—No. Me siento cansado, quiero ir a casa, pero no sé cómo.
—Mejor busco un teléfono para llamar a una ambulancia.
—No. Solo quiero regresar a casa y descansar —dijo José, y unas lejanas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Marcos asintió. José dejó que el casero condujera su auto. Cruzaron una calle y llegaron al estacionamiento del edificio. El hombre lo llevó hasta la puerta de su departamento y se despidió ahí, deseándole que se mejore.
José entró en la casa. Desorientado, buscó el dormitorio y de inmediato se acostó. Cerró los ojos, y se vio inmerso en los colores vívidos y las formas de cada planta del jardín, como si estuviera allí en ese momento. Estiró los brazos y, sin querer, golpeó algo, que cayó y se hizo trizas.
Abrió los ojos. ¿Habrían pasado horas, o quizá segundos?
Bajó de la cama. En el suelo, entre pedazos de vidrio y madera, descubrió una foto. La levantó y se quedó mirándola, dubitativo. Vio aquellos ojos alados. Suspiró.
—¿Y estos? —dijo en voz alta—. ¿Quiénes son?

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