Primer Capítulo
1
Menos de veinticuatro horas después de que Silire desapareciera —y dejando abandonados a sus hijos—, los sicarios más ranqueados de Lambayeque tenían en sus celulares fotos mías. La orden era matarme a mí y dejarla viva a ella. Habíamos desafiado a uno de los delincuentes más peligroso de la región: Ángel David Bada Varas, alias “Colija”. El marido de Silire, el padre de sus hijos, y el cabecilla de la banda más sanguinaria del norte de Perú.
Desde que empezó todo con Silire, mi percepción de la realidad se fracturó. Ahora que ella se fue definitivamente, hundido en esta cama que domina el cuarto de hotel, y con el iPhone en la mano, acerco mi antebrazo a la nariz para comprobar si aún respiro. Cuando el aire tibio que exhalan mis pulmones roza mi piel, me sobresalto. El vacío en mi pecho se hace más profundo cuando me giro en la cama y huelo su perfume, que todavía lo impregna todo.
No lo soporto, y me levanto.
Me siento a escribir en este cuaderno, porque sé que si lo hago en la computadora caeré en la tentación de enviárselo, y decidí que debo ser yo quien le ponga punto final a esta historia.
Sin duda, los momentos más reveladores de nuestra existencia son aquellos en los que nos sostenemos de nuestros recuerdos. Me pregunto si aún la amo…, o si simplemente sigo siendo ese niño que la quiso cuando el mundo aún no dolía.
Se fue hace sólo un par de horas, y ya la extraño.
¿Cuáles habrán sido sus sueños de niña? Aún la recuerdo de pie en la puerta del salón de clase, apoyando la espalda sobre esa tosca puerta beige, con las manos entrelazadas detrás de la cintura, mirando hacia el patio de loseta desgastada. Su cerquillo preciso, su brillante sonrisa imborrable. ¿Habrá creído en algún momento en el príncipe azul? No lo sé, y jamás lo sabré.
Ya no tengo a Silire. En realidad, nunca la tuve.
También decido escribir porque puede servirme de amuleto contra esta suerte de bolsillo agujereado que me viene siguiendo desde hace un tiempo. No creo que Silire tenga que ver con eso, pero ella forma parte de esas cosas que desearía no haber vivido. Aún me buscan para asesinarme Los Carroñeros del Norte, la mafia que encabeza Colija. Y Silire también muchas veces estuvo a punto de ser asesinada por él.
—Manu, tuve miedo de que te pasara algo.
—Hierba mala nunca muere —le había contestado, sarcástico, acomodándome en el rincón de aquella banca de la Plaza de Armas de Cusco. Los ojos de Silire se agrandaron, como comprendiendo el peligro que había provocado mi frase. Desvié la mirada: el cielo estaba entalcado con un gris cargado de infortunio.
¿Es posible que alguien coloque delante de nosotros a las personas que debemos conocer, como quien acomoda las figuras en una maqueta diseñada con precisión? ¿O acaso estas figuras aparecen en nuestras vidas por puro azar, como si un Dios asqueado de su creación dejara el destino final a un par de dados lanzados al viento, sin importarle dónde caigan?
Es imposible saberlo: cuando Dios lanza nuestros dados, nunca sabemos si está haciendo trampa.
¿Por qué tuviste que volver a aparecer así de repente, Silire?
Espero, en verdad, que puedas seguir con tu vida. Quise ayudarte de todas las maneras posibles, pero no fue suficiente. Quizá me faltó valentía, y me resigné. Me resigné a que el destino, en su capricho por cruzarnos, lo haya hecho en tu peor momento. Busqué tener algo con el amor de mi infancia, con la niña que me robó un beso en sexto grado.
Pero ya no es esa niña, ahora es madre de tres hijos. Y yo, a mis 23 años, un remedo de escritor famoso, que está por perderlo todo, y tal vez sea el verdadero antagonista de esta historia.
Aunque, pensándolo bien, tú también deberías ser señalada como la villana de este relato.

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